BIOGRAFÍA

HISTORIA DE UNA VIDA, DE UNA VOZ

 

Blas Cantó nació el 26 de octubre de 1991 en Ricote, un pequeño pueblo a unos 40 kilómetros de Murcia. Siempre mostró una gran preocupación por la comunicación, una preocupación que siempre pasaba por su voz. Mientras unos dibujan, bailan o escriben, él, desde muy niño, eligió cantar, siempre tomándoselo muy en serio. Esa inquietud se traducía en perfeccionismo, en su autoexigencia a la hora de interpretar. Blas se recuerda cantando de niño el cumpleaños feliz tomándose en serio su interpretación, escuchándose detenidamente para intentar mejorarse en la siguiente intervención familiar. Sus primeras actuaciones fueron encima de una mesa en alguna reunión familiar, algún bautizo o cumpleaños. “Mi madre me cuenta muchas cosas de mis intervenciones familiares. Me comenta, por ejemplo, que cuando todavía no caminaba, yo me movía con el andador e iba derecho hacia el aparato de radio y me quedaba escuchando detenidamente lo que sonaba. Nací así. Creo que la frase que más a menudo escuché cuando era niño es ‘Chiqui, canta algo”. 

 

Al parecer, Blas no buscaba las miradas familiares ni que le pidieran que cantara. Le gustaba simplemente cantar pero hacerlo solo cuando se lo pedía el cuerpo. Aunque una vez superada la vergüenza inicial, cuando aceptaba subirse a la mesa, ya no había quien lo bajara. 

 

No existen muchos ejemplos en su familia de personas relacionadas con la música. Su abuela paterna estuvo en un coro, al parecer también hubo algún bisabuelo… Sin embargo, su inquietud por la música aparece bien pronto y se va desarrollando a medida que se fue haciendo mayor. A medida que pasaban los años y crecía el número de personas que venían a escucharle, Blas se fue liberando, como si buscara así cierta evasión. Cuantas más personas le escuchaban, mayor era su desinhibición. “Todavía hoy, cuando tengo que hacer un concierto acústico o cantar a capella, siento cierta vergüenza. Me cuesta arrancar aunque al final siempre le cojo el gusto”.

 

A los cuatro años, el niño empezó a tomar clases en la escuela de música y pasado un tiempo se adentró en los entresijos del piano y de la trompeta en el Conservatorio de Murcia. “Hace mucho que no toco ningún instrumento. Creo que nunca se me dio muy bien. Yo creo que siempre sentí que mi instrumento era este”, comenta señalándose la garganta. “Tocar un instrumento con las manos no me hacía feliz aunque fuera feliz al conservatorio porque la música ya era mi pasión. Recuerdo que mi madre siempre me preguntaba si me gustaba lo que estaba haciendo. En ese aspecto, mi infancia no tiene nada que ver con la que tuvieron Michael Jackson o Luis Miguel”.

 

A los ocho años Blas empezó a tener maestros. Todo empezó cuando su madre le preguntó si quería presentarse a los premios Veo Veo, organizado por Teresa Rabal. En su casa había vinilos de Teresa y él ya sabía quién era aquella señora. Al niño Blas le gustó la idea y allí se presentó con su madre. Aquel día cantó Granada, de Agustín Lara. “Yo me crié escuchando a gente como Joselito y Marisol y aquella canción seguramente la aprendí escuchando la versión de Joselito. Hice el casting y recuerdo que canté mucho aquel día, pero la verdad es que yo no tenía mucha técnica”. 

 

Pasados unos meses, el tenor murciano Ginés Torrano Soler se interesó por el chico. Blas y su madre fueron a visitarlo y, tras escucharle cantar, don Ginés propuso empezar a darle clases de canto un par de veces por semana, clases que nunca les cobró, sabedor de los escasos medios económicos de la familia. Allí fue donde Blas empezó a perfeccionar su técnica. Blas pasaba también muchas horas en casa de don Ginés no solo conociendo su voz sino también conversando y escuchando al maestro.

CANTANTE DE LA FAMILIA, DEL PUEBLO, DE TODOS

 

Mientras Blas se criaba entre maestros, discos, radios y micrófonos, crecía en él el deseo de ofrecerse a un cada vez más amplio abanico de público, un deseo secreto e íntimo, pero siempre firme. Sin admitir mediocridades, Blas fue perfeccionando sus armas a medida que fue haciéndose mayor.

 

Él siempre ha cuidado mucho la voz. No suele tomar helados, no trasnocha, no va a piscinas y ha renunciado a muchas fiestas para mantenerse en forma. Desde el principio, cantar, además de ser ocio, era responsabilidad, y si subía a un escenario era para hacerlo bien. “Yo disfrutaba pero no me podía permitir hacerlo regular. Eso también me ha traído algún quebradero de cabeza porque siempre he sido demasiado exigente conmigo mismo. Recuerdo que yo le decía a mi madre ‘Hoy canto mejor que ayer pero peor que mañana. Ese era un lema en mí. Era algo que veía y que comprobaba porque mi madre lo grababa todo y, aunque no me gustaba verme, me estudiaba. No recuerdo un día en el que no estuviera cantando”. 

 

Poco a poco, fueron entrando los primeros dineritos que su madre iba guardando cuidadosamente. No hubo un momento preciso en el que el ya joven adolescente sintiera que podía seguir cantando como profesional. Todo llegó poco a poco. Fue finalista del concurso Eurojunior en 2004. Llegó a la final junto a una niña llamada María Isabel (Antes muerta que sencilla). Y mientras se hacía mayor, iba terminando los estudios, sacaba la Selectividad y se enfrentaba a la gran decisión: elegir un futuro. “No tenía ni idea de qué me iba a hacer feliz. No quería que mi madre se gastara un dinero para nada. Me encontraba en un punto incapaz de escoger una carrera que me hiciera feliz. Mi plan B era mi plan A. O, mejor dicho, mi plan B podía ser cantar en otras dimensiones. El entretenimiento ha existido siempre, desde cantar en el metro a cantar en grandes producciones, pasando por hoteles o en pequeñas giras. Todos son medios de vida, muy respetables en todas sus dimensiones. Yo las he probado todas”. 

Y LLEGA AURYN

 

Cuando Blas llega a Madrid en busca de nuevos horizontes, conoce a Magí Torras con quien empieza a hablar de proyectos. Al margen de que Blas pudiera emprender algo en solitario, Blas recuerda cómo entendió que podía hacer algo distinto. Al mismo tiempo que imaginaba con Magí un proyecto nuevo, apareció en el mercado One Direction. Fue una coincidencia según él. Blas sigue pensando hoy que Auryn y One Direction coincidieron en el tiempo de forma totalmente casual, quizá porque su generación lo precisaba.

 

Los comienzos de Auryn fueron lentos. Magí fue reuniendo a los chicos para que fueran a probar voces, que se compaginaran, dirigiendo individualmente a unos y otros, intentando que aprendieran inglés, porque iba a ser su idioma para comunicarse. “Al principio no sabíamos de lo que estábamos hablando ni lo que cantábamos. Cantábamos casi todo en inglés, quizá algo en español, el Déjame de los Secretos, y poco más. No sabíamos lo que decíamos. Por eso empezamos a tomar clases de inglés”. 

 

“De aquella etapa lo saco todo positivo. Yo me descubrí con Auryn, donde descubrí lo que era cantar en equipo, cantar en inglés… Yo, que en principio era muy baladista, descubrí lo que era cantar con ritmo, up tempo, descubrí mi voz, me entrené. Nunca había imaginado estar en un grupo ni tomar tantas decisiones en equipo. Entonces, también aprendí a ser más dócil dialogando”.

 

Para Blas, lo más importante fue también comprobar cómo Auryn había llegado a ser considerada la boy band más importante de la historia del pop en España. “Verme en el Palacio de Deportes, nominado en los Premios 40 y recibiendo los premios revelación para mí fue algo inolvidable, algo increíble”.

 

“Otro momento especial fue ser tan bien recibido en México, un lugar soñado por mí. Yo he sido fan de Ana Gabriel, de Juan Gabriel, de Alejandro Fernández, de Luis Miguel, de Yuri, y México para mí es la cuna de muchas historias. Me parecía un sueño estar allí y sentirme tan cerca de Selena Quintanilla. Me sentía como en una película. Espero regresar para sentirme otra vez tan cercano a personajes como El Chavo del Ocho. Y no sólo México, también guardo recuerdos muy especiales de Argentina, un país muy cercano emocionalmente para mí, gran admirador de su música, de artistas como Pimpinela, dúo que también ha ocupado un espacio importante en mi vida.

 

Al mismo tiempo que estaba en Auryn cosechando éxitos, Blas se enteraba del interés de una productora de televisión por su faceta interpretativa, o mejor dicho, por el Blas Cantó camaleón, capaz de convertirse en Raphael, Nino Bravo o Cher gracias a la magia del maquillaje y su increíble talento. Llovieron las ofertas para que entrara, de una u otra forma, en el programa, ofertas que a él le parecieron siempre incompatibles con su participación en el quinteto. Sólo aceptó cuando ya parecía irreversible el final del grupo. El anuncio del final de Auryn coincidió con el anuncio de la participación de Blas en el programa. “Auryn se rompió por exceso de trabajo, por estrés, por agotamiento y cansancio. Ya no estábamos a gusto. Se puede decir que el fin de Auryn fue culpa del éxito de Auryn. Estábamos al límite y cuando algo llega al límite, lo mejor es ponerlo en pausa. Si no, mataríamos la esperanza de regresar algún día. Auryn nos lo dio todo y eso no podemos borrarlo de nuestras vidas. Yo lo aposté todo por Auryn y creo sinceramente que ha sido la mejor experiencia de mi vida. Que alguien pueda pensar que Auryn acabó por mi culpa me hace daño”.

 

Blas confiesa ahora que su participación en Tu cara me suena le permitió descubrir cosas que él nunca sospechó que pudiera llegar a hacer. Blas descubrió, entre cosas desconocidas, su voz y también su capacidad interpretativa. “De cada personaje descubrí cosas y también descubrí que tenía muchas cosas de cada uno de los ellos”. 

 

Para entonces, Blas Cantó ya intuía que estaba próximo el inicio de su carrera como solista. Después de haber pasado por un grupo y de haber intervenido en un programa de imitaciones, estaba listo para emprender el vuelo en solitario y mostrar tal y como es el auténtico Blas Cantó. 

 

Comenzaba así un capítulo decisivo en la vida de Blas Cantó, una historia que arranca en estos días con la publicación del álbum Complicado y cuyos renglones de oro están aún por escribir. El futuro más brillante está en manos de un artista con mayúsculas, de un cantante que, de los pies a la cabeza, tiene madera de ídolo de primer orden. 

Alberto Vila Martínez

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